~…todo por un cachorro~ (ejercicio de escribir memorias)

Mi madre siempre reunía a todos los jóvenes de la calle en su casa. Con tal de mantenerlos entretenidos y lejos del peligro de las calles, tenía juegos de mesa y a veces hasta se inventaba el juego del mini “show”. También preparaba café, sándwiches y dulces. Mi hermano, que para la época ya era adolescente, disfrutaba también de esas reuniones junto a los vecinos. Él también se zambullía en una de esas piscinas plásticas. Recuerdo que mi padre abrió un hoyo en la tierra y allí metió la piscina, porque decía que éramos unos salvajes y así duraría más. En fin, todos gozaban de estar en casa de Chencho y Chencha o de Gugo y Guga, como le llamaban a mis padres.

Siempre fui distraída, así que me costaba estar en contacto con todos los muchachos de la calle. En cambio, mi hermano tenía mucho carisma. Como era bien enamorao’, las chicas solo se acercaban a mí para que él les hiciera caso. Mi hermano también sacaba provecho de mí. Cuando quería tener más de una novia, me usaba para entrenarlas en lo que él hacía sus travesuras.

En ocasiones salíamos en grupos de vecinos para hacer camping o ir a la playa, algún parque o llegar a casa de mi tía en el campo. Todos los fines de semana era una actividad diferente: participar en el Club 4-H, celebrar una actividad con vecinos y amistades de mis padres o practicar actividades que me aceleraban la adrenalina, como la vez que me subí a las dunas de Isabela en “planchas”. Como mi papá conducía un camión para una compañía, a veces me buscaba a la escuela y nos íbamos para Ponce o para Mayagüez, o algún otro pueblo distante al que llegábamos ya de noche. A él le encantaba comprar pollo de KFC en estos viajes. Por eso, hasta el día de hoy, el olor a pollo frito me recuerda compartir con mi papá.

Cuando nos íbamos al campo allá compartíamos con mis tíos. Titi Sonia siempre tenía una actividad para nosotros, mientras el tío Papo nos tenía una buena dosis de chistes. Mis primos Frank y David siempre nos recibían con mucho cariño. Para aquel tiempo la quebrada no estaba seca como ahora, así que los visitábamos frecuentemente. Todos siempre iban a lanzarse a la quebrada desde el punto más alto. Yo siempre quería, pero me decía que no… Uno de esos días todos estaban saltando a la quebrada mientras gritaban nombres. A pesar de que mi papá me dijo que no me lanzara, de repente salí corriendo y dije: “Juan Ponce de León”. ¡Pum! Caí fuera del agua y me estrellé sobre una roca. Mientras mi papá me regañaba, yo no me atrevía ni a llorar. Sentía más que dolor vergüenza de no haber llegado al agua. Este recuerdo aún me provoca risa.

En el campo teníamos muchas experiencias. También recuerdo que mis primos tenían motoras. Mi hermano se iba con ellos a correrlas, pero, como yo era menor y la única nena, siempre querían que me quedara y mis padres terminaban sin dejarme ir. Otro día también de rebeldía me subí tras ellos en la bicicleta y me caí también. Esa vez terminé encajada en los alambres de púas de la casa. Mi madre gritaba histérica y yo veía salir la sangre por mi costado. Otra vez lo que sentía era vergüenza de no haberlo hecho bien. Así me pasó otras tantas veces. Yo quería sentirme parte de ellos, aunque ninguno quería jugar con las muñecas Barbie. Mi primo Franky era el único que siempre sacaba un poco de tiempo para jugar con “la nena”. Él siempre ha sido una persona cariñosa, aparte era el mayor de todos. Era divertido compartir con ellos, aunque mi hermano me hacía muchas maldades y siempre quería que me quedara en la casa, mientras ellos salían a correr o a jugar al escondite, a la guerra o tira y tápate. En las veces que me dejaban ir con ellos mi hermano siempre me tomaba de rehén. En una ocasión me ató de un árbol. Yo gritaba como una loca porque había una vaca muy cerca y yo tenía miedo de que me fuera hacer algo. Esa vez mi primo Franky, que siempre me salvaba de todas esas maldades, se había tardado en encontrarme. Pero al final mi hermano conseguía que yo viera sus maldades como una diversión y no como algo que fuera para hacerme daño. No me molestaba, porque yo quería ser como ellos.

Esto me llevaba a un recuerdo de un día en el patio de mi casa tras el final de una de nuestras muchas actividades. Yo tenía seis años. Recuerdo que me podía ver en los ojos grandes como dos canicas azul cielo de Tony. Su piel era perfectamente blanca, iluminada también por su pelo oscuro. Tony era un niño muy atrevido, por eso me gustaba mirarlo todo el tiempo, pensando en que yo podía ser tan atrevida como él. Ese día recuerdo que todos se iban a sus casas cuando él me dijo: “Mi perra parió, ¿quieres un perrito?”. Yo le grité que sí emocionada. Entonces, me explicó: “Solo tenemos que besarnos si lo quieres”. Mis ojos estallaron en lágrimas y mi cuerpo temblaba: el nene más lindo de toda la calle quería un beso. Mientras sollozaba de miedo lo escuché preguntarme: “¿Quieres el perro o no? ¡Claro que lo quería! Con todo y lágrimas y miedos de pronto me vi sentada encima de él. Ambos estábamos en el suelo. Lo increíble fue que ese beso no parecía entre dos niños de seis años. Recuerdo que nos tocamos como si ya conociéramos lo que hacíamos. Tony metió su lengua en mi boca; yo, no me eché para atrás. Todo duró hasta que escuché mi nombre en un grito. Las vecinas nos habían visto y se lo dijeron a mi mamá. Ella lo envió para su casa, mientras yo lloraba y lloraba. Mi mamá no encontraba cómo preguntar qué estaba pasando, así que me amenazó con castigarme.

–Nos besábamos, pero yo solo quería un perrito –quise explicarle.

–Pues ningún perrito. Eso está muy mal como lo estaban haciendo –me contestó ella.

Entonces, me ordenó a subir a la casa. Recuerdo que le pedí que no dijera nada sobre eso a nadie más. Nunca vi los perritos de Tony. Ahora me pregunto, si era verdad que su perra había tenido cachorros. Lo que sí puedo decir es que me gustó besarle. Fue una de las pocas veces que sentí que era una niña traviesa, como él, como mi hermano y como mis primos en el campo.

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