•Me poseía desde niña•

Mis muñecas colgaban de la pared, junto con los peluches. Crecí en una casa donde se escuchaban chancletas cuando todos dormían, mi habitación no tenía puerta, era muy pequeña por eso las muñecas y peluches estaban colgados de la pared. Desde mi cama se veía el pasillo hasta la entrada de la casa. Siempre veía sombras me acostumbré a no dormir mucho de noche, pues las muñecas, los peluches y los fantasmas se levantaban, todo hacía demasiado ruido. Siempre veía mucho fuego a los pies de mi cama, juro que el demonio desde muy pequeña me poseía. Bajaba mis juguetes me recuerdo haciéndole el amor y también rompiéndolos en pedazos. Veía mutantes de todas formas que se adentraban a mi cuerpo y gemía. No hablaba con las personas, porque me era muy difícil hacerles entender que tan pequeña tenía tanta maldad y deseos metidos en el cuerpo… y una sensibilidad que me acobardaba. Me escondí del mundo… traigo las secuelas de no haber convivido. Pase del mutismo a la rebeldía que tenía que decirlo todo, no sin antes ser varias veces violentada física y emocional. Mi espiritualidad siempre guindaba para el cielo, hasta hace pocos años. Que descubrí que lo que tengo no se cura, no se quita… y que aunque no tengo muñecas, tengo coronas escondidas. Que sigue viniendo la maldad a mi cuerpo, solo que ahora nunca me da placer, si no delirios y mucha incertidumbre. Posee mi psiquis, me hace mucho daño y no sé cómo salir de allí… Creo que nunca se sale de lo que estás designado para el ser.

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~…cambio de médico~

Llegamos a la clínica para el estudio de las “agujas”. Le cargaba los resultados a mi amiga, en lo que ella llenaba su récord médico. Cuando me ve en el último lugar me dice; – vente aquí, me hace un espacio, recibiéndome con el brazo echado. Las doñas en la sala nos observaron y me acurruqué en su cuello, porque tenía sueño, dolor y muchos sentimientos. Mi amiga al ver cómo nos miraban se separó… Cuando le tocó su turno ella preguntó si yo podía pasar con ella… y dijeron es pequeño, pero si quieres… La llamaron por su nombre diciéndole pase con su compañera. Al entrar al ratito llegó el Doctor, no me saludó hasta que me puse de pie, y vio mi dificultad física entonces dice; -…pero usted que queda de ella-, (mirando por encima de sus gafas) … mi pausa -a m i g a- … se escucha a mi amiga desde el fondo de la camilla decir; “amigas desde la infancia” (con la voz más fresa) … mi pausa seguía… ahí como puñal en mi vagina… Él voltea, (vuelve a observarme por encima de sus gafas) …,de arriba a abajo entiendo, que eso le cueste por mi tamaño, y dice; -“o sea que no es su hermana, ni familia. Que cosa…, y las dos con el mismo problema en la misma pierna”. Lo que si deberían hacer las dos…, es ir a la Nutricionista.

Al parecer, compartimos un evidente problemas más que no es el de la espalda, los nervios pinchados…

~…allí solía haber~ (ejercicio de escribir memorias)

El colegio tenía el mismo nombre que la avenida donde estaba ubicado: Colegio de Diego. Recuerdo las pocas veces que salí a la hora del recreo. En una ocasión me golpeó en la cara una bola de baloncesto y caí al suelo con las piernas patas pa’ arriba, enseñando to’… Mis compañeros se burlaban mientras me levantaba aturdida. Yo reía y lloraba. El dolor físico siempre me causa risa. Otro día, en otro intento por ser más sociable, me fui con algunos compañeros a la parte de atrás del colegio, en donde había un tremendo árbol de mango. Allí tenían los juegos para niños. Aunque siempre fui la más grande de la clase, insistí en meterme a una de las casitas de juego para hacernos unas fotos. Todo iba bien, ¡el intento social estaba funcionando! Pero al salir de la casita pisé una cáscara de mango, y zas. Me quedó medio cuerpo adentro y medio cuerpo fuera. Otra vez me pasó lo mismo. Recuerdo reírme a carcajadas por la caída y el dolor.

Son dos recuerdos felices, pero fueron muchos más los que no.

Por eso, no me provoca nostalgia pasar frente al Colegio y ver que desapareció. Por mucho tiempo, el Colegio fue un lugar desagradable. Ahora, al ver que ya no existe, que el edificio fue derrumbado, sé que también la memoria de mi juventud de alguna manera también fue sepultada.

~…recuérda~me~

Cuando el tiempo me atrape.

Si el olvido se convierte en mi día a día…

Y mis pestañas se dejan de emocional…,

Acuérda~me; humedecer~me los labios.

Colóca~me una mano sobre uno de mis pezones, y la otra bája~la a mi pubis.

(. . .)

~Agíta~me, las caderas~

Cuando todo en mi este extraviado; sópla~me la nuca y tira de mi pelo…

Algo de memoria quedará en la piel.

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